Los problemas sociales que vive Colombia nos interpelan como cristianos. ¿Cómo brindar consuelo a los afligidos?, ¿Qué hacer? ¿Podemos esperar indefinidamente?
Durante décadas hemos visto desgarradoras escenas que si bien, hoy son en menor cantidad como producto de los éxitos de la política de seguridad democrática, no pueden dejarnos tranquilos de ninguna manera.
Nuestros compatriotas y sus familias se mueren de dolor por el atroz delito del secuestro. Debemos orar, pero también tenemos la obligación de actuar, de buscar nuevos caminos, de presionar nuevas decisiones. "5 Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará." (Santiago 1). No serán las promesas electorales de quienes ahora se aprovechan de los grupos de oración para hacer sus campañas políticas, muchas veces con la participación cómplice de sacerdotes que no han entendido su sagrada función (ver ejemplos), será la manera como cada día nos comportemos y nos relaciones con Dios.
En la lectura del próximo domingo (citada al inicio de éste artículo) también se lee: "Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; 7 el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales; la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de caña y papiros." (Isaías 35).
¿Nos sentimos en condiciones de creer fielmente esa promesa? Estamos hoy interpelados por quien "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos." (Mateo 7, 31)
Si cada uno de los creyentes se preguntara cuánto ha dejado de hacer, tal vez podríamos definir cuánto hay por hacer.